El autobús no va demasiado lleno, pese a la lluvia que hoy ha
decidido venir a recordarnos que el verano ha llegado definitivamente a su fin.
Pongo mi bolso en el asiento contiguo y, como el camino que me espera es largo,
saco un libro de él y busco sobre mis rodillas la página en la que en otra
ocasión dejé la lectura.
Una mujer canturrea detrás de mí una
canción machacona y repetitiva que, afortunadamente (pienso), no conozco.
Levanto la mirada y veo un chico
que, con la mirada fija en el techo del autobús, cuenta mentalmente mientras va
estirando uno a uno los dedos de las manos, acompasados con los apenas
perceptibles movimientos de sus labios.
Una chica joven pierde los estribos
con un niño de unos 2 años que se retuerce en su regazo mientras ella siente
enrojecer su cara y unas venas gruesas aparecen en sus sienes.
El hombre que se ha levantado para
tocar el timbre no oculta su ansiedad por aquello que planea hacer en cuanto ponga
un pie en la acera, y golpetea compulsivamente un cigarro sobre el mechero que
sujeta en su otra mano.
Una adolescente enrojece mientras
trata de esquivar las miradas de los demás clavando sus ojos en el suelo.
Un chaval más o menos de su misma
edad, con ambas manos en los bolsos del vaquero, mira con fallido disimulo los
enormes pechos de su compañera de asiento.
La mujer que se sienta frente a mí,
abre su segunda bolsa de patatas fritas.
Un hombre se encoje a su lado, con
un gesto que diría de profunda tristeza en su rostro.
Yo... me doy cuenta de que llevo un
buen rato distraída y me obligo a fijar la mirada en mi libro, Manual de
Psicopatología.
Comienzo un nuevo
capítulo. Leo el título y sonrío: "La delgada línea entre salud mental y
enfermedad".
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