Estos días de febrero, que igual podrían ser de agosto,
septiembre o cualquier otro mes, estos días que se confabulan en tu contra nada
más poner un pie en el suelo y tropiezas con la esquina doblada de la alfombra
y vas de narices directa al espejo que tienes enfrente para que ya de buena
mañana te des cuenta de que tu cabeza está
rodeada de nubes negras que presagian tormenta en toda la jornada. Cuando tomas
conciencia de que así será y como un autómata intentas meter los pies en las
zapatillas resulta que los duendes han estado de jugando al escondite toda la noche y por arte de magia una ha desaparecido,
con resignación arrastras el pie descalzo hasta la ventana entrecerrando los
ojos dispuesta a abrirlos como platos por el fogonazo del sol resplandeciente y
la cruda realidad te devuelve un día gris, encapotado y lluvioso, un día que
solo invita a volver a meterte en la cama, taparte hasta las orejas, olvidarte
del mundo y desear que el mundo se olvide de ti.
Menos mal que llega el olor a café recién hecho desde el
otro extremo del pasillo, menos mal que oigo tus pasos acercarse y siento tu
beso suave en los labios para darme los buenos días aunque sean como todos.
Menos mal que siempre estás tú.
estoy rodeado de genios escribiendo , me gusta mucho
ResponderEliminarGracias Luis, a veces solo es contar lo que pasa a lo largo de los días
Eliminar