Muda observadora de los pasos rápidos de esta gente que no se saluda al cruzarse en la calle, que siempre van con prisas de un lado para otro, como muñecos de cuerda. Así ve la Sra. Juana a los habitantes de la ciudad a la que se mudó cuando su hija decidió que no podía vivir sola en la aldea. En su memoria se dibujan las madrugadas en el campo, el olor de los membrillos y las penurias que pasó para sacar adelante a sus cuatro hijos, estaba empeñada en darles una vida mejor que la suya, en la escuela los libros eran prestados, casi todos subrayados por sus anteriores dueños, la ropa heredada de mayores a pequeños, tanta veces remendada que no se distinguía la tela del hilo, colchones compartidos en el suelo de tablas de madera.
Los domingos toda la familia comía junta alrededor de la mesa vestida con el hule nuevo, los platos de barro y la jarra del agua recién llevada de la fuente. Los domingos la Sra. Juana hacía huevos con puntillas que chisporroteaban en el tocino derretido en la sartén, las patatas cocidas y el aroma de la hogaza de pan que había amasado el día anterior, para todos ese día era una fiesta, a pesar de la miseria y la pobreza disfrutaban cada cosa que tenían.
—Abuela, que te quedas tonta mirando la calle.
Era su nieta mayor, ya estaba en la universidad y, a los ojos de su abuela iba a enfermar en cualquier momento, las camisetas no le tapaban ni el ombligo, los pantalones tan ajustados que le provocarían una buena infección en “sus partes”, las orejas llenas de agujeros y el pelo enmarañado en algo parecido a las trenzas que ella le hacía a su madre cuando era pequeña.
Su nieta tenía amigos como ella, los llevaba a casa ¿Qué pensarían los vecinos? Esta chica siempre rodeada de chicotes mal vestidos. Cuando estaban juntos hablaban de Bolonia, de crisis, de paro y de globalizaciones. Entonces ella se acercaba a contarles que esto no era nuevo — allí en el pueblo, cuando vivíamos en la palloza…
—Abuela, que nos rayas la cabeza con esas historias, es otro tiempo. Oye, hoy mamá está en pilates ¿podrías hacer tu la cena?, yo tengo que hacer unas cosas en el ordenador.
—Claro hija, me gusta sentirme útil, haré unos huevos fritos como los del pueblo, ya verás que…
—Abuela, por favor, los huevos tienen colesterol, grasa nociva para el corazón y son pesados, déjalo, ya me pido una pizza o me tomo una barrita energética con un Bío, ¡huevos fritos para cenar; que cosas tienes abuela!
Y la Sra. Juana piensa ¿crisis? ¿Qué crisis? Solo están en crisis los valores de lo antiguo, de lo que tantos años nos quitó el hambre, aquí hemos llegado por gastar más de lo que tenemos y querer aparentar lo que no somos. Y vuelve a su mecedora, a mirar por la ventana las carreras de la gente, a ver la vida pasar.
Cuánta razón desprende tu escrito .
ResponderEliminarCambian los tiempos , las costumbres , pero los valores es algo que deberíamos guardar como oro en paño , para transmitirlo de generación en generación .
Antes se pasaba hambre por falta de alimento y ahora por no engordar , que cosas tiene la vida ...
Aunque como siga la crisis ...
Besos