viernes, 9 de septiembre de 2011

Noche de difuntos

Unas risas alborotadas y un agradable olor a castañas asadas penetraron en la herrería de Juan. Dejándose llevar por la curiosidad, asomó su cabeza entre unos arbustos cercanos al río, un grupo de gentes bailaban y cantaban, despreocupados y felices.
Al percatarse de su presencia, lo arrastraron  hacia el centro de su danza.
—Vamos, ven con nosotros.
— ¿A dónde os dirigís?
—Vamos a la fiesta, ven, comerás y beberás hasta caer rendido.
Sin pensarlo se marchó con ellos, tras una corta caminata llegaron a un claro en el bosque.
Juan caminó feliz y extrañado por todo lo que veía, a un lado del río las tejedoras confeccionaban mantas en un telar, al otro los carpinteros trabajaban con destreza la madera, el centro albergaba una gran mesa con todos los majares posibles de imaginar.
La música de gaitas y arpas acompañaban la cálida voz de una mujer.
Juan no podía dejar de mirarla y se encaminó hacia donde ella estaba, pero un enano feo y saltarín le salió al paso.
—Cuidado herrero, no te creas todo lo que veas u oigas, no te asustes cuando comprendas lo que aquí acontece. Toma estas monedas y diviértete, disfruta de esta víspera de difuntos.
La bolsa de monedas cayó al suelo de entre sus dedos, se agachó para recogerlas y se encontró unos ojos verdes que lo incitaban a perderse en los recovecos de la lujuria.
Entre besos se desnudaron y, mecidos por la suave corriente del río unieron sus cuerpos hasta caer exhaustos en la orilla.
Juan estaba en un duermevela, feliz y satisfecho.
—Eh, tú, despierta, mira alrededor, ¿conoces a alguien?
— ¿Qué, qué pasa, quién eres? ¿Dónde está ella?
En ese instante, a lo lejos, las lujosas ropas de sus anfitriones parecían harapos, las caras se desfiguraban, ¡estaban muertos!, ahora reconocía a vecinos de la comarca fallecido tiempo atrás.
El joven herrero se tapó la cara entre sollozos y gritos de angustia. La noche se llevaba consigo aquellas ánimas entre pálidas luces y siniestros murmullos.
Esa noche había compartido la celebración mágica de los espíritus, la única noche en las que se liberan de las cadenas de la muerte y se mezclan con los vivos.
Al intentar moverse sus pies no le obedecían, se pellizcó y sus dedos se unieron a través de la carne.
Un grito ahogado salió de su garganta. Ya no sentía

3 comentarios:

  1. Aisss niña, que tiempos...
    Que buena eres, jodia.

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  2. Raquel como me gusta volver a leerte, jo qu ebuena eres. sigue escribiendo anda. yo entre cursos qu eando inmersa y unas cosas y otras no tengo casi tiempo.

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