viernes, 9 de septiembre de 2011

Silencio

Silencio! ¡Id con vuestros graznidos a otro lugar!
Marchaos de aquí con vuestros agoreros cánticos que rayan mis oídos como una tiza maldita rasgando una pizarra.  Iros,  perturbáis mi mundo,  aquí solo ella tiene cabida.
¿Acaso no veis que necesito dormir?
Siempre quedo exhausto las horas que transcurren  tras nuestros encuentros, aun puedo sentir el jugueteo de su lengua entre mis piernas, el aroma a sándalo en su piel y el vaivén de sus manos recorriendo mi espalda, esas manos entre las que pierdo la voluntad.
No recuerdo donde la encontré, solo sé que su cercanía hace imposible no desear besarla y abandonarse a su juego.
Aún desnuda, jugando entre las sombras de la tarde, me ofrece un cuenco de caldo caliente, el mismo cuenco de bambú de todos los días, me lo acerca a los labios y, en mi torpeza se derrama sobre mi pecho, no siento el calor, solo veo dos pescaditos desnudos del agua, con los ojos colgando fuera de las cuencas. Quiero quejarme y no puedo, estoy aún más débil que ayer.
Se nace el silencio en mi cabeza, cuanto más ignoro de ella más la deseo y cuanto más la deseo más me mata.
¡Fuera malditos cuervos! Las agujas de la catedral son vuestros dominios, esperad allí mi muerte.

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