Todos los domingos ocurre lo mismo, mamá se levanta en camisón y bata, va directa a la cocina y al momento huele a achicoria recién colada, leche caliente y pan frito. Detrás de ella sale papá pidiendo el desayuno con voz pastosa ¡pobre papá! Dice mamá que trabaja el sábado hasta muy tarde, quizá no ha dormido lo suficiente y yo lo admiro porque sacrifica sus horas de descanso para estar con nosotras ahora que a mi hermano se lo llevaron los curas interno a un colegio donde dicen que aprenderá a ser un hombre de provecho y no un animal sin oficio ni educación.
Sin embargo no entiendo porqué justo después de desayunar mamá llama a la tía Carmen para que venga a recogerme, ella me dice que hay momentos en los que los papás necesitan estar solos. A mí no me importa, tía Carmen me lleva a misa y después al baile vermut de la plaza y aunque me pide un mosto me deja probar de su vaso y hasta comer la guinda y la aceituna sin reñirme porque me quede con el palillo en la boca, papá siempre dice que eso no es de señoritas y acabaré en la casa roja. Después del baile, la tía y yo vamos a su casa, tiene novio, pero vive sola desde que murieron los abuelos, comemos y dormimos la siesta en la cama grande.
Por la tarde me peina coletas con tirabuzones, me pone un poquito de su colonia de lavanda y salimos a pasear por la avenida, en el puesto de las golosinas me compra una manzana de caramelo y unas gafas de sol como las de los mayores, solo que las mías son de plástico verde, no me importa, me gustan mucho y no me las quito ni cuando ya anocheciendo tía Carmen me lleva de nuevo a casa. Los domingos con ella estoy contenta y me siento feliz.
Cuando entro en casa mamá me besa cariñosa y me dice que las gafas son muy bonitas pero que debo quitármelas para cenar, yo me enfado, estoy guapa con ellas y son casi como las suyas.
Ya estamos sentados a la mesa, papá me ordena que me quite las gafas, protesto, papá me riñe, no entiendo porqué a mamá no le dice nada cuando a veces se pasa muchos días con las gafas oscuras en casa o en la calle aunque sea de noche, tampoco entiendo como ella no tiene calor cuando también se pasa muchos días con un jersey de cuello alto, me hace gracia, las gafas son para el sol y el jersey para el frío, sin embargo mamá se los pone juntos. Papá vuelve a reñirme muy enfadado, voy a protestar cuando me encuentro con la mirada esmeralda de mamá cubierta de lágrimas. Me quito las gafas y con ellas cae mi ceguera y se hace la luz.
Tengo solo 10 años, acabo de entender que a papá no es bueno enfadarlo.
Uff, qué manera de perder la inocencia.
ResponderEliminarDurísimo.
Besos
(ya era hora!)
Hola Raquel
ResponderEliminarUn título muy apropiado para una historia que por desgracia se repite muy a menudo .
Y pensar que en la calle se comportan como seres normales ...
Con tan sólo diez años comprende la terrible situación y el porqué de ciertos comportamientos de su madre .
Hermoso relato con un terrible contenido y un repugnante protagonista .
Me gusta como relatas .
Besos guapísima
Por dios, el trabajo que me ha costado llegar hasta aquí, se me ha cambiado todo de color pero ya no toco ni una tecla mas. Gracias Marga
ResponderEliminarHola Elena, gracias por pasarte por esta parte de la Luna, siempre es agradable contar con la presencia de alguien tan sensible como tu. Un beso guapa
ResponderEliminarY para colmo salgo yo misma como anónimo
ResponderEliminarAhora no
ResponderEliminarUna de las cosas que admiro en un escritor-ra, es el no tener ese afán de utilizar palabras rebuscadas. solo decir...Que se me cayó una lágrima.
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